LA BASÍLICA

LA BASÍLICA*
    
  
   El actual Santuario de Nuestra Señora de Luján, obra magnífica levantada por el amor mariano de un pueblo que en medio de guerras, malones y epidemias tenía siempre fija la mirada en quienes ellos reconocían como a su Reina y Señora, fue llevado a cabo gracias a la infatigable labor del R. P. Jorge María Salvaire, de manera tal, que su nombre ha  quedado vinculado para siempre a la basílica, que es sin lugar a dudas la roca sobre la cual se asienta nuestra Patria.
Algunos aspectos tomados del libro "Basílica de Nuestra Señora de Luján Detalles y datos históricos", 1922
   Vista de lejos, sobre todo al atardecer de un brumoso día de otoño, cuando la naturaleza lo envuelve todo en un vaporoso velo, la Iglesia  gótico-ojival con su forma alargada y esbelta, sus botareles, sus altísimas flechas o agujas, los inflados arbetantes costaneros y sus mil torrecillas y remates, se parece a un navío de alto borde, empavesado, con sus palos, los mástiles, los cordajes y sus armoniosos juegos de velas, surcando plácida y tranquilamente el vasto océano en busca del puerto ansiado. La ilusión es mayor todavía cuando esta Iglesia surge de entre el caserío de una vasta ciudad que se extiende a diestra y siniestra: la diversa altura de los edificios que la circundan y que medio ocultan su base, se parece a las olas de un mar agitado, en que se mueve el bajel a merced del líquido elemento. De todos modos siempre es la vieja nave de Pedro pero con los aderezos que el progreso y el tiempo dieran, la que sigue avanzando plácida y tranquila, en el mar borrascoso del mundo, nevando su precioso cargamento de fieles cristianos, al suspirado puerto de la Eterna Salvación.
   Tal es la bendita Basílica de Luján, pues no se ha creído poder levantar un trono digno de María y del pueblo argentino, sino acudiendo a ese maravilloso estilo, que es el religioso por excelencia. Inspirado el arte por la fe religiosa, erige en todos los paí ses del mundo, sometidos al imperio de la Cruz, esos maravillosos monumentos, esas inmensas Catedrales, esas suntuosas Basílicas que causan el asombro y la admiración de las generaciones.
Aspecto exterior.
   Vista de cerca, nuestra Basílica no desdice de sus hermanas medioevales de Europa, las más afamadas por su magnitud y su forma arquitectónica: es de buena dimensión y ésta como aquéllas, toda revestida de piedras sillares, cual corresponde a su clase y categoría; y si las condiciones actuales de la vida moderna, no han permitido a los piadosos peregrinos, consagrar a su construcción algunos años de su personal existencia, como se hacía en aquel entonces, no dejaron ellos por eso de consagrarle algún tanto el fruto de su trabajo en otra forma igualmente eficaz, como lo dicen las diversas inscripciones de sus múltiples sillares. Asombra la suma de esfuerzos y sacrificios que representa una obra de semejante aliento, teniendo en cuenta que en el país sólo se trabaja en ladrillo, y que las piedras debieron ser expresamente arrancadas, traídas de lejos, y labradas con habilidad poco común. 
   E1frente es majestuoso e imponente: está flanqueado por dos elevadas torres puntiagudas, de las que a una regular altura, cual centinelas avanzados y metidos en otras tantas garitas o nichos, se destacan dieciseis estatuas de seis metros de alto, representando a los Apóstoles y Evangelistas, heraldos de Jesús en las almas cristianas. En la torre occidental están: San Pedro, San Andrés, ¡ Santo Tomás, Santiago el Mayor, siguiéndoles en el costado: San Matías, San Bernabé, San Judas Tadeo y San Simón; en la oriental:  San Pablo, Santiago el Menor, San Felipe, San Bartolomé, y en el costado: San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan. Entre ambas torres, a esa misma altura se expende un soberbio rosetón de 6 metros de diámetro, el cual visto desde el interior, con sus vitrales radiados y su Virgencita de Luján en el medio, parece ponerla en una verdadera gloria. Finalmente al destacarse las torres, un poco más arriba, hay una esbelta galería "a giorno", que las reúne hasta cierta altura, disimulando de ese modo las dos grandes vertientes del techo que están más atrás. En los cuatro ángulos de cada torre se ven unas cariátides de estilo, especies de animales góticos y fantásticos, que representan a los demonios ensañándose en vano contra la santa Iglesia de Dios: "Et portae inferi non praevalebunt adversus eam".
   Las tres entradas principales son verdaderamente imponentes: cada una de ellas está acompañada de cada lado por un gracioso manojo de pequeños pináculos, y tiene su correspondiente piñón triangular agudo, horadado en su base, donde está la serie de columnitas y archivoltas concéntricas de estilo que van disminuyendo de diámetro y que dan entrada a la Iglesia. Las puertas serán de bronce con adecuados y simbólicos relieves ejecutados con suma maestría. La del centro tiene en su frontón ojival una Virgencita de Luján entre ángeles y nubes, con esta significativa inscripción al pie : " Ave María, felix coeli porta". Es lo más natural, que entrando en casa ajena, se empiece por saludar a su dueña y señora: "Ave María", le decimos, porque así la saludó el Ángel Gabriel en su casa de Nazaret, el día de la Anunciación: "Felix coeli porta", añadimos con la Iglesia, porque María nos ha dado a Jesús, que es la llave del Cielo, para alcanzar la mansión eterna.

Aspecto interior
   El interior del Santuario visto desde la puerta mayor, con sus tres espaciosas naves, sus capillas laterales y su crucero, ofrece un conjunto de grandeza y sencillez, de gracia y severidad, de ligereza y solidez que encanta. Nada aquí de esas pesadas moles, de esos gruesos cornisones, de esas múltiples líneas horizontales, tan comunes en los otros estilos, que parecen arrastrarse paralelamente al suelo como para aferrarse siempre más a lo terreno y caduco de este mundo; al contrario, todo aquí es esbelto y vertical, todo va hacia arriba, hacia el Cielo, suprema aspiración del alma cris tiana. Sorprende sobremanera el ver cómo esas altas y espaciosas bóvedas están sostenidas por simples manojos de delgadas columnas, las que enfrentándose unas a otras parecen olvidar su fin material, para seguir subiendo hasta el Cielo a guisa de fervientes plegarias, las cuales encontrándose en presencia del Altísimo, se inclinan reverentes a manera de palmas, para reunirse en los claveles de los arcos, como hermanas piadosas que se unieran para dar más fuerza a su petición. El circuito del templo no es menos admirable y sorprendente; el espíritu se asombra y estremece ante la delgadez de esos muros, tan horadados que parecen endebles celosías levantadas en torno del Santuario.
   La Basílica afecta en su planta la forma de una gran cruz latina; recordando con. esto que Jesucristo fundó su Iglesia muriendo en la cruz. Esa forma se conserva en los tres cuerpos superpuestos del edificio, significando así las tres partes integrantes de que se compone la Iglesia moral, sociedad de los fieles cristianos: la primera, triunfante en el Cielo; la segunda, paciente en el Purgatorio; y la tercera, militante en la Tierra. 
   La triunfante en el Cielo, está representada por el cleristory o cuerpo superior del edificio, desde el triforio para arriba, donde todo es luz y claridad, donde siempre sube el incienso, símbolo de la oración, y donde campean los santos y santas refulgentes de gloria en sus vitrales policromos, que todo lo inundan de un resplandor misterioso.
   La militante en la Tierra, se ve en el plan terreno o pavimento del templo, vasto teatro de nuestras idas y venidas, de nuestras luchas diarias con sus respectivas derrotas o victorias. Entre la Iglesia triunfante y la militante, se encuentra el Triforio, larga y estrecha galería, que nos recuerda lo largo y estrecho que es el camino del Cielo.
   La paciente en el Purgatorio, la tenemos por fin en la cripta subterránea, tan lúgubre y oscura de suyo. Lástima grande es que sea además completamente húmeda e inservible, a causa de la proximidad del río y las capas de agua del subsuelo; pero esto mismo añade un rasgo más a su místico significado, dándonos a entender que el Purgatorio es un lugar poco agradable y del cual es preciso salir lo más pronto posible.
   La Basílica es también en su planta la imagen de Jesús crucificado. El Altar mayor que está en el centro y donde más se ofrece el Santo Sacrificio de la Misa, es su dolorida cabeza. Un poco más atrás, en el retablo, está María su Madre, como queriendo sostener en sus brazos a su divino Hijo. Los varios altares menores que en el ábside circundan el mayor, le forman como una corona de espinas que destilan la sangre redentora. Los dos altares del crucero son sus manos extendidas y horadadas que chorrean también sangre divinal. Entre ambas manos, a la altura del corazón, está el comulgatorio, donde Jesús se da a los fieles en el Sacramento de su amor. Más abajo, la nave principal enteramente horadada por los arcos laterales, es el cuerpo de Jesucristo todo llagado que envía sangre purificadora a los diversos confesionarios que están a los costados. Finalmente las fuentes bautismales junto a la puerta de entrada, son las sagradas llagas de sus pies, que borran el pecado original y habilitan para andar camino del Cielo.
   Remontando con la vista hacia el altar mayor, se ve la figura alegórica de las tres etapas que recorre el alma cristiana en su mística ascensión hasta Dios: la vía purgativa, se ve en los múltiples confesionarios que purifican del pecado; la iluminativa, en los dos púlpitos que disipan las tinieblas del error irradiando la luz de la Verdad; finalmente la vía unitiva, en el Tabernáculo donde el alma y Dios se dan ósculos de amor, que es el preludio de su unión definitiva en el Cielo para toda la Eternidad.
El Camarín de Nuestra Señora
   El Camarín, como lo indica su nombre, es la estancia o cá mara íntima de la Virgen de Luján, es el lugar predilecto de los fieles que visitan el Santuario, y donde oran con más fervor, viendo la Sagrada Imagen más de cerca.
   El Altar del Camarín, es una acertada combinación con el Altar Mayor que está a sus espaldas, y cuya parte superior es común a los dos. Desde allí la Sagrada Imagen, se vuelve a uno u otro lado según lo requiere el culto. Este Altar es el más precioso del Santuario y el de mayor movimiento arquitectónico, sin apartarse por esto de las reglas del más estricto buen gusto. A los pies de María hay dos ángeles dorados con incensario en las manos, indicando con esto que éste es el lugar por excelencia de la oración, la cual debe brotar siempre de un corazón abrasado de amor, para elevarse hasta el trono de María en olor de suavidad, como las espirales del incienso.
   Para el efecto, a la derecha del retablo, hay un gran bajorrelieve dorado que representa a Jesús agonizando en el huerto de Getsemaní, como para excitarnos al dolor de nuestros pecados. A la izquierda hay otro bajorrelieve que representa la cena de Emaús, en que Jesús se da en alimento a sus discípulos, como para indicamos el premio de nuestro sincero dolor. Finalmente en el frontal de la mesa del Altar, hay otro bajorrelieve que re- presenta la muerte de San José en los brazos de Jesús y María, para indicamos la gran dicha que nos espera al final de la vida si permanecemos fieles a Jesús y le recibimos por viático al morir.
   

  • Sacado de la Revista "Regina Angelorum", del mes de agosto de 1978.
 1

No hay comentarios:

Publicar un comentario

INTRODUCCIÓN

Acerca de la Santa Misa