08/VII/+2019 BEATO EUGENIO III, Papa

8 de julio
BEATO EUGENIO IIIPapa
(1539 d. C.)

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   Pietro Bernardo Paganelli nació en Pisa. Era monje cisterciense, discípulo de San Bernardo de Claraval. A Eugenio le vetaron cualquier intervención y cualquier ingerencia en la gestión civil de la ciudad de Roma. Empezó entonces una larga peregrinación de ciudad en ciudad, llegando hasta Francia, donde celebró un par de sínodos y un concilio.

   En Reims consiguió poner en marcha la II Cruzada que Calixto ya había propuesto. La guerra contra los musulmanes, a la que tomaron parte entre otros Luis VII y Conrado III de Alemania, se hizo, pero fue un sonado fracaso. Esta Cruzada la había promovida el incansable Bernardo de Chiaravalle, que se mantuvo siempre fielmente al lado del papa.

   En 1153 murió Conrado III y le sucedió Federico Barbarroja. Eugenio tomó acuerdos con el nuevo emperador: con el tratado de Constanza Federico se comprometió en defender el «honor de la Iglesia» y el «Patrimonio de S. Pedro», mientras que el papa prometió la coronación y el «honor del Imperio». Con la seguridad de este apoyo Eugenio pudo regresar a Roma, se apoderó de ella, y llegó incluso a un acuerdo con los Romanos. Fue muy duro con Arnaldo de Brescia: le excomulgó y le echó de la ciudad.

   Eugenio empezó la construcción de un «edificio nuevo» que está considerado el primer núcleo de los actuales edificios vaticanos, restauró a fondo la basílica de Santa María la Mayor. Dictó normas para la composición del Sagrado Colegio, que se constituyó oficialmente en 1150. Aprobó la Soberana Militar Orden de Malta. Murió en Tivoli y está enterrado en las Grutas Vaticanas.
   Bernardo Paganelli, nació en los alrededores de Pisa, electo el 15 de Febrero de 1145; fallecido en Tívoli, el 8 de Julio de 1153 (el original dice 1151 pero es un error). En el mismo día que el Papa Lucio II sucumbió ya fuera a la enfermedad o a las heridas, el Sacro Colegio, previendo que el populacho romano haría un decidido esfuerzo por forzar al nuevo Pontífice a que abdicara su poder temporal y jurara alianza al Senatus Populusque Romanus, apresuradamente sepultó al difunto Papa en el Laterano y se retiró al remoto claustro de St.Caesareo sobre la Vía Apia. Aquí, por razones desconocidas, buscaron un candidato fuera de ese organismo, y unánimemente escogieron al monje cisterciense Bernardo de Pisa, abad del monasterio de Tre Fontane, sobre el lugar de martirio de San Pablo. Fue entronizado sin dilación en San Juan de Letrán como Eugenio III, y puesto que la residencia en la ciudad rebelde era imposible, el Papa y sus cardenales huyeron al campo. Su lugar de reunión fue en el monasterio de Farfa, donde Eugenio recibió la consagración episcopal. La ciudad de Viterbo, el hospitalario refugio de muchos de los afligidos Papas medievales, abrió sus puertas para recibirlo; y allá esperó el desarrollo de los acontecimientos. Aunque impotente frente al populacho romano, recibió seguridades de las embajadas de todas las potencias europeas que contaba con la simpatía y el cariñoso homenaje de todo el mundo cristiano.
   En relación a sus progenitores, su lugar de nacimiento e incluso el nombre original de Eugenio, cada uno de sus biógrafos ha propuesto opiniones diferentes. Todo lo que puede afirmarse con certidumbre es que era de la noble familia de los Paganelli, y si recibió el nombre de Bernardo en el bautismo o sólo al entrar en religión, permanece incierto. Fue educado en Pisa, y después de su ordenación fue hecho canónigo de la catedral. Más tarde tuvo el puesto de vice-dominus o administrador de las temporalidades de la diócesis. En 1130 cayó bajo la influencia magnética de San Bernardo de Claraval; cinco años más tarde cuando el santo volvía del Sínodo de Pisa, el vice dominus lo acompañó como novicio. En el curso del tiempo fue utilizado por su orden en varios asuntos importantes; y por último fue enviado con una colonia de monjes a repoblar la antigua abadía de Farfa; pero el Papa Inocente II los colocó en cambio en la de Tre Fontane.
   San Bernardo recibió la noticia de la elevación de su discípulo con asombro y alegría y dio expresión a sus sentimientos en la paternal carta dirigida al nuevo Papa, en el cual ocurre el famoso pasaje citado por reformadores, tanto auténticos como falsos: "¿Quién me concederá ver, antes de morir, la Iglesia de Dios como en los días de antaño cuando los Apóstoles lanzaban sus redes para una pesca, no de oro ni plata, sino de almas?". El santo, además, procedió a componer en sus pocos momentos de ocio ese admirable manual para Papas llamado "De Consideratione". Mientras Eugenio permanecía en Viterbo, Arnoldo de Brescia, quien había sido condenado al exilio de Italia por el Concilio en 1139, se aventuraba a regresar al inicio del nuevo pontificado y se entregaba a la clemencia del nuevo Papa. Creyendo en la sinceridad de su arrepentimiento, Eugenio lo absolvió y se unió a él en el ayuno penitencial y en la visita a la tumba de los Apóstoles. Si el veterano demagogo entró a Roma con ánimo de penitente, la vista de la democracia basada en sus propios principios lo hizo volver a su personalidad anterior. Se colocó a la cabeza del movimiento y sus incendiarias filípicas contra los obispos, cardenales e incluso contra el ascético pontífice que lo trató con extrema suavidad, influyeron en sus oyentes con tal furia que Roma semejaba una ciudad capturada por los bárbaros. Los palacios de los cardenales y los de la nobleza que apoyaban al Papa fueron destruidos hasta los cimientos; iglesias y monasterios fueron saqueados; la iglesia de San Pedro fue convertida en arsenal y los devotos peregrinos fueron asaltados y maltratados.
   Pero la tormenta era demasiado violenta para que durara. Sólo un idiota podía fallar en comprender que una Roma medieval sin Papa no tenía medios de subsistencia. En Roma y sus alrededores se formó un fuerte partido formado por las principales familias y sus adherentes, a favor del orden y el Papado, y los demócratas fueron inducidos a escuchar palabras de moderación. Se presentó a Eugenio un tratado por el cual el Senado era conservado pero sujeto a la soberanía papal y juraba alianza al Supremo Pontífice. Los senadores iban a ser electos anualmente por elección popular y el poder ejecutivo residiría en un comité formado de entre ellos. El Papa y el senado tendrían cortes separadas y podría hacerse apelarse de las decisiones de una, en la otra. En virtud de este tratado Eugenio hizo una solemne entrada en Roma unos días antes de Navidad y fue saludado por el veleidoso populacho con un entusiasmo sin límites. Pero el sistema dual de gobierno probó ser impracticable. Los romanos demandaron la destrucción de Tívoli. Este pueblo había sido fiel a Eugenio durante la rebelión de los romanos y merecía la protección papal. Él por tanto se negó a permitir que fuera destruido. Los romanos se pusieron más turbulentos , y él se retiró a Castel S. Angelo, de allí a Viterbo y finalmente cruzó los Alpes a principios de 1146.
   Ante el Papa había problemas de mucho mayor importancia que el mantenimiento del orden en Roma. Los principados cristianos en Palestina y Siria estaban amenazados con la extinción. La caída de Edessa (actual Urfa en el sur de Turquía, a 45 km. de la frontera con Siria) en 1144 había generado consternación en todo Occidente y ya desde Viterbo, Eugenio había dirigido un conmovedor llamado a la caballería de Europa para apresurarse en la defensa de los Santos Lugares. San Bernardo fue comisionado para predicar una Segunda Cruzada, y lo hizo con tal éxito que en menos de un par de años dos magníficos ejércitos, comandados por el rey de los Romanos y el rey de Francia, estaban en camino a Palestina. Que la Segunda Cruzada fuera un miserable fracaso no puede atribuirse ni a San Bernardo ni al Papa; pero es uno de esos fenómenos tan frecuentemente encontrados en la historia del Papado, que un Papa hecho para dominar a un puñado de súbditos rebeldes pudiera lanzar a toda Europa contra los sarracenos. Eugenio pasó tres ocupados y fructíferos años en Francia, decidido en la propagación de la fe, la corrección de errores y abusos, y el mantenimiento de la disciplina. Envió al cardenal Breakspear (el futuro Adrián IV) como legado a Escandinavia; entró en relaciones con los Orientales con vistas a la reunificación; procedió con vigor contra las nacientes herejías maniqueas. En varios sínodos (Paris, 1147; Tréveris, 1148), notablemente en el gran Sínodo de Reims (1148) se aplicaron los cánones sobre vestimenta y conducta del clero. Para asegurar la estricta ejecución de tales cánones, los obispos que ignoraran ponerlos en vigor fueron amenazados con la suspensión. Eugenio fue inexorable en el castigo de los indignos. Depuso a los metropolitanos de York y Mainz y, por un motivo que San Bernardo pensó que no era suficientemente grave, retiró el palio al arzobispo de Reims. Pero si el santo Pontífice a veces era severo, no era ésa su disposición natural.
   "Nunca", escribió el venerable Pedro de Cluny a San Bernardo, "he encontrado un amigo más verdadero, un hermano más sincero, un padre más puro. Su oído estaba listo para escuchar, su lengua es rápida y poderosa para aconsejar. Tampoco se comporta como superior de uno, sino más bien como un igual o un inferior... Nunca le he hecho una petición que no atendiera , o si la ha negado lo hizo de tal modo que yo no pude razonablemente quejarme". En ocasión de la visita que hizo a Claraval, sus anteriores compañeros descubrieron para su alegría que "él que tan externamente brillaba en sus vestiduras pontificias, en su corazón continuaba siendo un monje observante".
   La prolongada estadía del Papa en Francia fue de muchas maneras una gran ventaja para la Iglesia Francesa y acrecentó el prestigio del Papado. Eugenio también alentó el nuevo movimiento intelectual al que Pedro Lombardo había dado tanto impulso. Con la ayuda del cardenal Pullus, su canciller, quién había establecido la Universidad de Oxford sobre una base duradera, redujo a una mejor forma las escuelas de teología y filosofía. Animó a Graciano en su hercúlea tarea de ordenar las Decretales, y a él le debemos varias útiles regulaciones relativas a los grados académicos. En la primavera de 1148, el Papa regresó en fáciles etapas a Italia. El 7 de Julio reunió a los obispos italianos en Crémona, promulgó los cánones de Reims para Italia y solemnemente excomulgó a Arnaldo de Brescia, quien aún reinaba sobre el populacho romano. Eugenio, habiendo traído consigo una considerable ayuda financiera, comenzó a reunir a sus vasallos y avanzó hasta Viterbo y de allí a Tusculum. Aquí fue visitado por el rey Luis de Francia, a quién reconcilió con su reina, Eleanora. Con la ayuda de Roger de Sicilia, forzó su entrada a Roma (1149) y celebró Navidad en el Laterano. Su estadía no fue de larga duración. Durante los siguientes tres años la corte romana vagó en el exilio a través de Campania mientras ambos lados buscaban la intervención de Conrado de Alemania, ofreciéndole la corona imperial. Impulsado por las sinceras exhortaciones de San Bernardo, Conrado finalmente se decidió a bajar a Italia y poner fin a la anarquía en Roma. La muerte lo sorprendió en medio de sus preparativos el 15 de Febrero de 1152, dejando la tarea a su muy enérgico sobrino Federico Barbarroja. Los enviados de Eugenio habiendo concluido en Constanza, en la primavera de 1153, un tratado con Federico favorable a los intereses de la Iglesia y del imperio, y los más moderados de los romanos viendo que los días de la democracia estaban contados, se unieron a los nobles en derrocar a los seguidores de Arnoldo y el Pontífice fue capaz de pasar sus últimos días en paz.
   Se dice que Eugenio se había ganado el afecto del pueblo por su afabilidad y generosidad. Murió en Tívoli, a donde había ido para evitar los calores del verano, y fue sepultado en el altar mayor de San Pedro, en Roma. San Bernado lo siguió a la tumba (el 20 de Agosto). "El modesto pero astuto alumno de San Bernardo", dice Gregorovius, "había siempre continuado usando el burdo hábito de Claraval debajo de la púrpura; las virtudes estoicas del monasticismo le acompañaron a través de su tormentosa carrera y le confirieron ese poder de la resistencia pasiva que ha permanecido siempre el arma más efectiva de los Papas". Pío IX por un decreto del 28 de Diciembre de 1872, aprobó el culto que desde tiempo inmemorial los paisanos han rendido a su paisano y ordenó fuera honrado con Misa y Oficio ritu duplici en el aniversario de su muerte.

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