04/IX/+2019 BEATO JUSTINO DE JACOBIS, Obispo y BEATO GHEBRA MIGUEL, Mártir

4 de septiembre
BEATO JUSTINO DE JACOBIS, Obispo
y
BEATO GHEBRA MIGUEL, Mártir

BEATO JUSTINO DE JACOBIS
BEATO GHEBRA MIGUEL
A
   La vida de Justino de Jacobis es una apología de la vida interior. Su vida mística tiene auténticas raíces en la abnegación de sí mismo por la humildad y la mortificación y se vierte entera en obras de caridad y apostolado. Hasta los treinta y nueve años es el misionero más popular del reino de Nápoles, con fama de santo y taumaturgo. Después es el apóstol de la unidad en Etiopía, donde llega a incorporar a la Iglesia romana a doce mil cismáticos, según los cálculos sobrios del breviario romano. Su muerte en el campo, como la de San Francisco Javier, corona gloriosamente su vida. Con su vida se confunde en parte la de Ghebra Miguel, monje y sacerdote, mártir de la unidad en su patria de Abisinia.
   Jacobis había nacido en San Fele del reino de Nápoles el 9 de octubre de 1800. Su madre, Josefina Muccia, pone especial interés en su formación religiosa. Un día su padre comprueba: "nuestro Justino es un ángel". A los dieciocho años ingresa en la Congregación de la Misión, en la famosa casa Dei Vergini, centro de la espiritualidad napolitana en el momento. Allí se enseña aún la tribuna donde más tarde es fama que pasó una noche entera en éxtasis. A los treinta y nueve años la Santa Sede le nombra "vicario apostólico de Etiopía y países limítrofes". Abisinia es un país de altas mesetas -entre dos y tres mil metros de altura-,, separadas por valles profundos y montañas altísimas. Gracias a su geografía conservó su cristianismo en medio de la pleamar musulmana. Cerrada al catolicismo desde 1640, vive ahora un momento medieval en su organización política y social. Sobre el terreno, los tres misioneros hacen el plan y se dividen el país como los apóstoles. El padre Sapeto ocupa el reino de Choa; el padre Montuori, el de Amhara y el vicario apostólico se queda en el Tigré para mantener el contacto con Europa. El Ras Ubié, rey del Tigré, le autoriza para residir en Adua y el misionero prepara la toma de contacto, desnudándose de europeo y vistiéndose de abisinio. Tal fue su acomodación que a Mons. Massaia le costó trabajo distinguirle de los abisinios. Su apostolado en aquel momento es el único posible, el apostolado del testimonio. Reza, estudia, planea, visita a los enfermos, saluda cordialmente a las gentes y reparte la Medalla Milagrosa recientemente acuñada, ocupando con ella el terreno común entre cismáticos y católicos.   Justino de Jacobis se da cuenta de que el cisma en Etiopía persiste principalmente por el aislamiento. Un día dice a un grupo de sacerdotes y de monjes: "Yo quisiera llevaros a todos a Roma para que la vierais". Y he aquí que el príncipe Ubié, ganado por el trato evangélico del misionero, le pone al frente de una embajada, que se dirige a El Cairo en busca de un obispo para toda Etiopía. Jacobis insinuó la conveniencia de pedir el obispo al Papa, pero el príncipe no se decidió. En cambio, le daba permiso para llevar hasta Roma a los embajadores con una carta suya de cortesía para el Papa.
   Este viaje es decisivo en el apostolado de Jacobis. A su vuelta de Roma estos abisinios -nobles, sacerdotes y monjes- sin convertir aún, harán a lo largo y a lo ancho del imperio la mejor apología de la Iglesia católica y la propaganda de la santidad de Justino de Jacobis.
   En este momento se cruza en su vida Ghebra Miguel, que andando el tiempo será su mejor colaborador.
   Ghebra Miguel es el doctor más famoso de todo el imperio y representa en la embajada a los monjes de Gondar. Culmina su vida en la madurez de los cincuenta y tres años. Nacido en Kidane Meherett en 1788, a orillas del Nilo Azul, había estudiado con los monjes mientras éstos tuvieron algo que enseñarle. A los veinticinco años profesa la vida monacal. Después peregrina con sus discípulos de convento en convento con el único afán de consultar sus libros. Hecho maestro en Gondar, la escuela más famosa del país, descubre la inconsistencia de la teología copta, y por primera vez sospecha que su Iglesia no está en posesión de la verdad. Incluido en la embajada, sólo piensa en la oportunidad de aclarar sus ideas en El Cairo y en Jerusalén.
   Su encuentro con Jacobis no fue simpático. Jacobis era europeo y católico. La obligación era tolerarle, no más. Pero Ghebra era sincero, objetivo y justo y la conducta de Jacobis a pleno Evangelio le conmovió.
   Su ascensión hacia la luz va jalonada de fracasos en sus mejores planes de reforma religiosa. En la sede patriarcal de El Cairo no encuentra más que ignorancia y mala fe, que él mismo palpa por su propia mano. La visita a Roma y la familiaridad con Jacobis alumbran otra ruta en su alma.
   Con todo, a su vuelta de Roma y Jerusalén arranca al viejo patriarca un decreto favorable a las dos naturalezas de Cristo y, soñando aún con la unidad doctrinal de todo el país, llega a Gendar, pero el Abuna se apodera del documento y se niega a publicarlo. Fue el golpe definitivo.
   Poco después llama a las puertas de la misión católica de Adua, donde Mons. Jacobis le recibe con alegría inmensa. Más tarde será ordenado de sacerdote y meses antes de su martirio pide la entrada en la Congregación de la Misión.
   Desde este momento Ghebra Miguel toma parte en todas las obras de la misión. Enseña en el seminario y colabora en la composición de los libros necesarios para los seminaristas y en las obras de apologética destinadas a los cismáticos.
   Mientras tanto, el espíritu de Dios soplaba sobre las almas en Abisinia y no había día en que no llamasen a sus puertas nuevos convertidos. Justino de Jacobis se multiplicaba en todas las direcciones, pero al mismo tiempo planeaba con sabiduría. Pensaba en la persistencia de su obra por medio del clero nativo y en su propio rito copto. Por eso el seminario era su obra más querida. Con un método paternal de contacto inmediato con los seminaristas, llegó a ordenar a unos treinta sacerdotes. Casi todos hicieron una labor hermosa en la misión y muchos confesaron a Cristo en el tormento.
   Jacobis no tomaba parte permanente en las tareas escolares: pero era el alma del seminario. Más bien se reservaba para la expansión misionera. Viajaba sin cesar en todas las direcciones. Precedido de la fama de su santidad, abríansele todas las puertas. Los jefes de tribu poníanse a su disposición y los monasterios le recibían con alegría y admiración. Entre los monjes charla familiarmente con ellos, plantea con naturalidad el problema religioso y resuelve las dificultades. Y en todas partes incorpora nuevos adeptos a la Iglesia católica. En estos viajes Ghebra Miguel era a su lado la mejor apología del catolicismo. El gran maestro conocía por sí mismo los enredos de las dificultades y en sus manos se sueltan solas. Con frecuencia Jacobis se hace acompañar de un grupo de alumnos al estilo de los doctores del país y hace una figura conmovedora aprovechando los descansos obligados para las lecciones y los actos de piedad.
   Un momento llegaron a soñar en una conversión masiva de Etiopía; pero el enemigo no descansaba. Los protestantes sembraban la confusión y no siempre jugaron limpio. El Abuna Salama -único obispo en todo el imperio- no le perdonaba que Jacobis fuese también el Abuna Yakob y no perdía ocasión de perseguirle en su persona, en las casas de la misión o en las personas de los convertidos. Hubo momentos de persecución general. A esto se añadió en algunos momentos la calumnia y la desconfianza de los superiores.
   En la persecución del emperador Teodoros es encarcelado con un grupo de cristianos; pero esta vez sólo Ghebra Miguel es seleccionado para el holocausto. Trece meses duró su cautiverio sin que pudieran doblegar su espíritu ni promesas, ni amenazas, ni el terrible ghenz -cepo abisinio- que agarrotó sus piernas durante la mayor parte de este tiempo. Golpeado por orden del tirano en el único ojo sano que tenía, apareció más luminoso que nunca después del tormento, cuando todos pensaban verle ciego. Murió en el campamento del tirano, donde unos soldados semibárbaros ya le veneraban como santo.
   Al maestro le sorprendió la muerte cinco años después también en el campo, en el camino de Hallay, en medio de sus discípulos. Tres horas antes comprendió que se moría. Se confesó y luego fue dando el último consejo y la última bendición. A los monjes les recordó cómo había pensado agruparles en comunidad y cómo no había tenido tiempo de realizar la empresa. A los seminaristas les dijo: "Caminad siempre y con diligencia por el camino del bien".
   Por fin, recibida la extremaunción, a la sombra de una mimosa, con una piedra por almohada, rindió su alma al Señor.
EMILIO CID, C. M.   



*Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.

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