12/I/+2019 BEATA MARGARITA BOURGEOYS, Virgen y Fundadora

12 de enero
BEATA MARGARITA BOURGEOYS, Virgen y Fundadora


  Margarita Bourgeoys, nativa de Troyes, antigua capital de la Champagne, llegó en 1653 a una Ville-Marie todavía naciente, y vivía entonces en el temor de todos los peligros a los cuales estaba expuesta. La ciudad de Montreal que conocemos debe su origen a un grupo de creyentes, unos hombres y mujeres de la Francia del siglo diecisiete, cuyo sueño era compartir con los pueblos autóctonos del Nuevo Mundo lo que consideraban como su bien el más precioso: su fe cristiana.
   Es con la esperanza de realizar este objetivo que se empezó el establecimiento de una colonia en Nouvelle-France, en la isla de Montreal. La fundación debía encarnar el ideal religioso descrito en los hechos de los Apóstoles, para  atraer a los Amerindios, como las comunidades de los primeros cristianos habían atraído a los nuevos convertidos del mundo mediterráneo, al principio de la Iglesia. Para alcanzar este fin, había sido establecida en Francia la Sociedad de Notre-Dame de Montreal, en 1640, y dos años más tarde, en mayo de 1642, Ville-Marie era fundada en la isla de Montreal.
   La llegada de Margarita Bourgeoys, once años después de la fundación, realizaba una parte del plan inicial que preveía la educación de los niños de la colonia. Ella acompañaba al «reclutamiento de los cien hombres» sobre el cual se contaba para salvar a Ville-Marie, que, en 1653, enfrentaba una tremenda alternativa: el abandono del nuevo puesto o la extensión de sus habitantes. Durante la travesía que la conducía de Francia a Canadá, ella curó a los enfermos y consoló a los moribundos. Es a partir de este momento que sus compañeros de viaje, los futuros colonos, empezaron a llamarla «hermana».
   Desde entonces hasta su muerte, se consagró totalmente al bien de la población de Montreal. Con estos hombres y estas mujeres, compartía tanto los peligros y las privaciones como los esfuerzos y las esperanzas que ritmaban la vida de la colonia naciente. Como ellos, era vulnerable a las amenazas que la rodeaban, ataques de los enemigos o enfermedades, así como a las incomprensiones de las autoridades de la Iglesia y del Estado, algunas veces hostiles o incompetentes. Humildemente, evitaba o rehusaba, cuando era posible, todo honor o privilegio que la hubiera elevado encima de la condición de las gentes ordinarias de Canadá, de esos hombres y mujeres, quienes, en su pobreza, luchaban con ánimo para construir, en este Nuevo Mundo, una vida mejor para ellos y para sus familias.
   Margarita realiza la tarea para la cual había venido a Montreal cuando, en la primavera de 1658, abre la primera escuela en un establo abandonado. Para asegurar la permanencia y la estabilidad de la obra de educación de los niños y de las mujeres de la Nouvelle-France, fundó una comunidad de mujeres no enclaustradas. Aunque las aprobaciones civil y eclesástica no debían llegar sino mucho más tarde, esta comunidad existió de hecho a partir del 2 de julio de 1659.
   Como muchos de los y las demás dirigentes de los inicios de Montreal, Margarita Bourgeoys venía de una región de Francia donde las mujeres desde la Edad Media habían colaborado activamente en la evolución de la sociedad. 
   Margarita Bourgeoys estaba convencida de la importancia de las mujeres ordinarias de la colonia: entre sus manos, entre las manos de las futuras esposas y madres descansaba el porvenir de Canadá. Como consecuencia de ello, consideraba su educación como una prioridad. Tanto las palabras de Margarita, como las obras que empezó durante su vida, revelan que creía en la posibilidad de transformar a las personas, y por consecuencia, a la sociedad, si se llegaba a hacerles «entender», lo que es ciertamente el objetivo de toda educación verdadera.
   La educación que Margarita Bourgeoys y sus compañeras daban a los niños, varones y niñas al principio, así como a las mujeres de la Nouvelle-France, era ante todo la educación de la fe. La fe que se expresada tanto en la vida de Margarita, como en sus palabras y que se encuentran en el alma de toda su enseñanza; es una fe basada en la importancia fundamental del doble mandamiento del amor, que está en el centro del Antiguo y del Nuevo Testamento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y al prójimo como a tí mismo.
   Además de la transmisión de los valores religiosos, Margarita trataba de preparar a los niños, en su mayoría hijos de los colonos que edificaban Montreal,  para el doble desafío que significaba ganarse la vida y la de sus familias, y construir un país nuevo. Para prepararles para esta tarea, ponía el acento en la necesidad de enseñarles no sólo a realizar «un trabajo honorable» sino también a estimar el valor y la importancia de sus esfuerzos.
   Margarita logra fundar una de las primeras comunidades religiosas de mujeres no enclaustradas en la Iglesia, que proveería a sus propias necesidades, que, al contrario de la mayoría de las que surgieron  en Francia a la misma época, ha sobrevivido hasta hoy. Esta comunidad debe su carácter diferente y su supervivencia, a la experiencia puesta en práctica por Margarita a lo largo de lo que se ha convenido en llamar el período heroico de la historia de Montreal. Su fuente de inspiración fue la Santísima Virgen a quien consideraba como la primera y la más ferviente de los discípulos del Señor, enseñando y haciendo el bien en la Iglesia primitiva. 
   Si se le hubiese pedido a Margarita que eligiera ella misma el momento mejor momento de su vida, creemos que hubiera escogido el peródo comprendido entre 1653, fecha de su llegada a Montreal, y 1665, que marca el fin de una época en el desarrollo de Montreal, con la salida de Paul de Chomedey de Maisonneuve y la llegada del batallón de Carignan. Han sido años de lucha, de peligro, de privación y de prueba; han sido también años de esperanza, de amistad y de sueños compartidos. Durante estos años, Margarita conocía a cada colono y a cada mujer de Montreal, a muchos íntimamente, ella era parte de sus vidas como ellos lo eran de la suya.
   La acción apostólica de Margarita Bourgeoys no se termina con la salida de Maisonneuve (en 1665). Ella obtendrá el reconocimiento civil y eclesiástico de una de las primeras comunidades femeninas no enclaustradas de la Iglesia católica romana. Durante su vida, su comunidad contará no solamente con mujeres francesas, sino también con norteamericanas de ascendencia francesa, amerindia y aún inglesa(1). Su acción educativa se extederá más allá de Montreal, hasta Quebec y los pequeños pueblos que se implantaban a lo largo del San Lorenzo.
   Como tantas otras fundadoras de congregaciones religioss, Margarita es sobre todo conocida por su obra, en cuya creación sufrió la doble prueba de ver puesta en duda su capacidad de realización y de sentirse terriblemente indigna a los ojos de Dios. Pero el valor no era la menor de sus virtudes, y su ardiente deseo de ayudar a los niños y a todos sus prójimos la llevó siempre adelante. La beata decía: "Quiero a toda costa, no sólo amar a mis prójimos, sino hacerme amar de ellos".
   A los setenta y tres años, Margarita renunció al superiorato, es entonces cuando sus fuerzas comienzan a declinar. El fin llegó en forma inesperada. El último día del año 1669, la fundadora ofreció su vida para salvar la de la maestra de novicias, que estaba gravemente enferma. La maestra de novicias recobró la salud, y la madre Bourgeoys murió el 12 de enero de 1700. Fue beatificada por Pío XII en 1950. 




(1) Dos jóvenes de Nueva Inglaterra ingresaron en esa congregación francesa antes de la muerte de la fundadora. Dichas jóvenes habían sido hechas prisioneras por los abenakis, y se habían convertido al catolicismo en Montreal, después de haber sido rescatadas. Lydia Langley, de Groton, Massachusetts, fue la primera religiosa originaria de Nueva Inglaterra.

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