LA HISTORIA DEL ÁRBOL DE LA CRUZ:

"Se lee en la historia de los griegos que cuando Adán se enfermó de muerte, envió a su hijo Set a buscarle cierta medicina. Set, llegó a las cercanías del Paraíso –del cual habían sido expulsados sus padres -, y le comunicó al ángel que custodiaba la puerta la enfermedad mortal de su padre.

El ángel cortó un ramo del árbol del cual, desobedeciendo el mandato de Dios, Adán había comido del fruto, y se lo dio a Set diciéndole: «Cuando éste ramo produzca fruto tu padre se sanará». Pareciera que el prefacio de la Misa de hoy se refiere a ésta promesa cuando nos dice: “Para que así como de un árbol surgió la muerte, así también de otro árbol surgiera la Vida”.
Pero Set, cuando regresó, encontró a Adán, su padre, ya muerto y sepultado: entonces plantó , en medio de un amargo llanto, el ramo del árbol junto a su cabeza, y el ramo fue creciendo y se convirtió en un árbol majestuoso.
Se cuenta que después de muchos siglos, la Reina de Saba, contempló aquel misterioso árbol en la casa del bosque de Salomón (cf. 3Re 7,2), en sus dependencias reales. Ella durante el retorno a sus tierras le escribe a Salomón – diciéndole aquello que no había tenido el coraje para decírselo personalmente – que en aquel árbol iba a ser elevado un hombre que podría ser causa de ruina o de resurrección para su pueblo. Salomón, impresionado y lleno de miedo taló aquel árbol y lo sepultó bajo tierra, en lo profundo, en aquel lugar en el que luego propiamente fue cavada la piscina probática. (cf. Jn 5,2). (cf. Gv 5,2-4).
Acercándose el tiempo de la venida del Cristo, el tronco, casi preanunciando su presencia, afloró sobre el agua de la piscina, y desde aquél momento el agua de la piscina comenzó a agitarse con el descenso del ángel que venía a curar a los enfermos. (cf Jn 5, 2-4)
En el día de la Parasceve (Viernes Santo) los judíos buscaban un tronco sobre el cual crucificar al Salvador, lo encontraron –misteriosamente- en la piscina, lo transportaron hasta el pretorio, lo cargaron al Señor Jesús con el y sobre el lo crucificaron.
De esta manera aquel leño dio su fruto, aquel fruto en virtud del cual Adán recuperó la salvación. Aquél leño portó a Jesucristo, fruto de Vida eterna, por el cual es destruida la muerte y el pecado para siempre.
Ese tronco de la cruz, luego de la muerte del Redentor, fue nuevamente enterrado en el seno de la tierra. Luego de siglos de espera, fue descubierto por San Macario de Jerusalén y Santa Elena, madre de Constantino. Gracias al milagro de la curación de un paralítico, se reconoció en ese leño al árbol de la Vida. Por esto el tres de mayo celebramos la invención de la Cruz. El día en que nuevamente salió a la luz el leño de nuestra redención.
La Esposa del Cantar de los Cantares nos dice: “Me he sentado a la sombra de Aquel a quién tanto he deseado, y su fruto es para mi dulce” (Ct 2, 3). Asimismo nos dice el profeta Jeremías: “Nuestro aliento de vida, el Cristo del Señor, ha estado cautivo por nuestros pecados; a él le decimos: A su sombra viviremos entre las naciones” (Lam 4, 20 Vulg).
A su sombra estoy sentada, a su sombra viviremos en medio de las naciones. Ante el ardor del sol, o sea las sugestiones del diablo o las tentaciones de la carne, que afligen al hombre, debemos refugiarnos rápidamente, con presteza, a la sombra del precioso árbol de la Cruz y allí descansar. Allí debemos aprender la humildad, sólo él es nuestro refrigerio y el remedio especial ante la tentación. El diablo, que por causa de la cruz ha perdido su poder sobre el género humano, tiene terror de acercarse a la Cruz"
(S. Antonio de Padua, Sermoni, Inv. S. Croce)

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