03/VIII/+2019 INVENCIÓN O HALLAZGO DEL CUERPO DE SAN ESTEBAN, Protomártir

3 de agosto
INVENCIÓN O HALLAZGO DEL CUERPO DE SAN ESTEBAN, Protomártir
A quien me sirviere, mi Padre lo honrará.
(Juan, 12,26). 
   Bajo el imperio de Honorio, se encontró cerca de Jerusalén el cuerpo de San Esteban, de Gamaliel y de Nicodemo. Un sacerdote llamado Luciano, había sido instruido por una visión acerca del lugar en que yacían, y había recibido la orden de pedir al arzobispo de Jerusalén, llamado Juan, de colocar los en más honroso lugar. Se trasladó el patriarca, con su clero, al lugar indicado, y encontró los cuerpos de los santos. Exhalaban un delicioso perfume y varios enfermos fueron sanados a su contacto.

MEDITACIÓN SOBRE LA HONRA CON QUE
DIOS COLMA A LOS SANTOS


I. Dios honra a los santos en la tierra, les da poder casi absoluto sobre la naturaleza, les da a conocer lo secreto de los corazones, les alza el velo de lo porvenir y les granjea el respeto de los pueblos. Mientras la gente se aleja horrorizada de los cadáveres comunes, tiene gran veneración por las cenizas y las reliquias de los santos. Si realmente amas tú la gloria verdadera, si quieres dejar aquí abajo memoria verdaderamente inmortal, trabaja por hacerte santo. ¡Tus amigos son muy honrados, oh Dios mío! (El Salmista).
   
II. En el cielo, los santos son aun incomparablemente más honrados. Son todos más gloriosos que los reyes en su trono: son los favoritos de Dios, los príncipes de su corte, y no temen ya perder la dicha de que gozan. Si tan grandes peligros se corren para ganar el favor de los príncipes de la tierra, ¡qué no deberemos hacer para hacernos amigos de Dios! ¿Qué haces para esto? ¿Buscas, acaso, la ocasión de agradar a Dios en todo?
  
III. ¿Quieres participar de los honores que se tributan a los santos en el cielo y en la tierra? Imita los; ama, como ellos, la humildad: oculta tus virtudes, y Dios las manifestará; desprecia las riquezas y los honores del mundo, y Dios te coronará de luz y te colmará de riquezas en el cielo. ¡Quieres llegar adonde llegaron los santos, y tomas un camino diametralmente opuesto al que ellos siguieron! Aspiras sólo a los bienes de la tierra, ¿cómo puedes esperar que alguna vez Dios te conceda los bienes del cielo?


El deseo de la santidad
Orad por la conversión de los pecadores.

ORACIÓN
   Señor, concedednos la gracia de imitar a los que honramos, y enseñadnos a amar a nuestros enemigos, ya que celebramos el Hallazgo de aquél que imploró, para sus perseguidores, la misericordia de J. C. N. S. Amén.

02/VIII/+2019 NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES, Patrona de Costa Rica

2 de agosto
NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES, Patrona de Costa Rica


   La ciudad de Cartago, como muchas otras en la época colonial, segregaba a los blancos de los indios y mestizos. A todo el que no fuera blanco puro se le había prohibido el acceso a la ciudad, donde una cruz de piedra señalaba la división y los límites.
   Estamos en los alrededores del año 1635, en la sección llamada "Puebla de los Pardos" y Juana Pereira, una pobre mestiza, se ha levantado al amanecer para, como todos los días, buscar la leña que necesita. Es el 2 de agosto, fiesta de la Virgen de los Angeles, y la luz del alba que ilumina el sendero entre los árboles, le permite a la india descubrir una pequeña imagen de la Virgen, sencillamente tallada en una piedra oscura, visiblemente colocada sobre una gran roca en la vereda del camino. Con gran alegría Juana Pereira recogió aquel tesoro, sin imaginar que otras cinco veces más lo volvería a hallar en el mismo sitio, pues la imagen desaparecía de armarios, cofres, y hasta del sagrario parroquial, para regresar tenazmente a la roca donde había sido encontrada. Entonces todos entendieron que la Virgen quería tener allí un lugar de oración donde pudiera dar su amor a los humildes y los pobres.
   La imagen, tallada en piedra del lugar, es muy pequeña, pues mide aproximadamente sólo tres pulgadas de longitud. Nuestra Señora de los Ángeles lleva cargado a Jesús en el brazo izquierdo, en el que graciosamente recoge los pliegues del manto que la cubre desde la cabeza. Su rostro es redondeado y dulce, sus ojos son rasgados, como achinados, y su boca es delicada. Su color es plomizo con algunos destellos dorados como diminutas estrellas repartidas por toda la escultura.
   La Virgen se presenta actualmente a la veneración de sus fieles en un hermoso ostensorio de nobles metales y piedras preciosas, en forma de resplandor que la rodea totalmente, aumentando visualmente su tamaño. De la base de esta "custodia" brota una flor de lis rematada por el ángel que sostiene la imagen de piedra. De esta sólo se ven los rostros de María y el Niño Jesús, pues un manto precioso la protege a la vez que la embellece.
   La "Negrita" como la llama el cariño de los costarricenses, fue coronada solemnemente el 25 de abril de 1926. Nueve años más tarde, su Santidad Pío XI elevó el Santuario de la Reina de los Angeles a la dignidad de Basílica menor.
   A Cartago llega un constante peregrinar de devotos que vienen a visitar a su Madre de los cielos; muchos entran de rodillas, como acto de humildad y de acción de gracias y luego van a orar ante la roca donde fue hallada la bendita imagen. Esta piedra se ha ido gastando por el roce de tantas manos que la acarician agradecidas mientras oran, dan gracias y piden alivio a su dolor, sus sufrimientos o sus necesidades. Debajo de esta piedra brota un manantial cuyas aguas recogen los que acuden en busca de la misericordia y la salud.  El agua es signo del bautismo. No hay otra cosa que mas quiera la Virgen a que vivamos profundamente las gracias de nuestro bautismo.

02/VIII/+2019 SAN PEDRO DE OSMA, Obispo

2 de agosto
SAN PEDRO DE OSMA, Obispo
SEPULCRO DE S. PEDRO DE OSMA, EN LA CATEDRAL DEL BURGO DE OSMA
Hermanos y hermanas, tened firmemente fe
en lo que creéis: que Cristo volverá.
 ¿Que importa cuando? Preparaos para su venida.
Vivid como si viniera hoy y no tendréis miedo de su venida
 
(San Agustín) 


   Nacido Pedro en Bourges, en Francia, hacia el año 1040, recibió de sus piadosos padres una sólida educación cristiana, y habiéndose formado convenientemente en las letras, según la costumbre del tiempo, se dedicó a la carrera de las armas, en las que dio buenas pruebas de su carácter intrépido y decidido, y no menos de la elevación de su espíritu. Consciente, pues, de los gravísimos peligros a que en esta vida se exponía, e ilustrado por Dios sobre las vanidades del mundo, determinó entregarse a su servicio en la vida religiosa.
   Entró, pues, en el monasterio de Cluny, que constituía el centro de la reforma cluniacense de la Orden benedictina, entonces en su máximo apogeo, y allí vivió varios años, entregado a la práctica de las virtudes religiosas. Parecía que iba a continuar una vida tranquila en su monasterio; pero Dios tenía otros planes sobre él.
   En efecto, el rey Alfonso VI de León y Castilla, en su afán por el adelantamiento del cristianismo en España, no sólo dio un empuje extraordinario a la Reconquista, sino que trabajó con el mayor empeño en la reforma y renovación eclesiástica de todos sus territorios. Conociendo, pues, la prosperidad en que se hallaba la reforma cluniacense en Francia, suplicó encarecidamente al abad de Cluny que enviara a España algunos monjes escogidos de su monasterio, y, en efecto, le fueron enviados algunos, al frente de los cuales se hallaba Bernardo de Sauvetat, con los cuales se reorganizó el monasterio de Sahagún, que bien pronto se convirtió en el Cluny de la España cristiana. No mucho después, el año 1085, al realizar Alfonso VI la reconquista de Toledo, que tanta resonancia alcanzó en toda la cristiandad, designó como su primer arzobispo al abad Bernardo de Sahagún, que desde entonces, con el nombre de don Bernardo, fue el alma de la renovación religiosa de España.
   Pues bien; según refieren don Rodrigo Jiménez de Rada y Yepes en su Crónica General Benedictina, don Bernardo, ya arzobispo de Toledo, conociendo bien a los monjes de Cluny, y deseando utilizarlos para la gran obra de reforma de España, obtuvo que se le enviaran algunos, escogidos, entre los cuales se distinguía el monje Pedro de Bourges. Llegó, pues, Pedro a Sahagún juntamente con los demás, y durante el corto tiempo que allí se detuvo contribuyó a afianzar definitivamente la reforma cluniacense, no sólo en aquel monasterio, sino en otros muchos en los que ésta se fue introduciendo.
   Entretanto don Bernardo de Toledo, que conocía a fondo su eximia virtud y sus grandes cualidades naturales, obtenida la aprobación del rey Alfonso VI, lo llamó a Toledo y, asignándole el cargo de arcediano de la catedral, lo constituyó en una especie de secretario suyo en el inmenso trabajo de la organización de la diócesis y de las iglesias que se iban conquistando a los musulmanes.
   Como en todas partes, distinguióse Pedro en su nuevo cargo por su religiosidad, espíritu de trabajo y amor a los pobres.
   En estas circunstancias, cuando Pedro se hallaba más centrado en su trabajo, tuvo lugar la conquista de Osma, para cuya reorganización eclesiástica, como había hecho anteriormente con Toledo, quiso Alfonso VI destinar a uno de los hombres de mayor confianza. Entonces, pues, él y el arzobispo de Toledo destinaron para la iglesia de Osma a Pedro, y, efectivamente, vencida la repugnancia que éste sentía para abrazarse con aquella dignidad, y obtenido el nombramiento de parte del Papa, se dirigió a Osma, para tomar la dirección de aquella iglesia.
   Y con esto comienza la parte más característica, más grandiosa y más meritoria de San Pedro de Osma, quien puede ser presentado como monje modelo, perteneciente a la reforma cluniacense; mas por encima de todo aparece en la historia como un dechado de eminentes y santos prelados.
   Como obispo de una iglesia pobre, que acababa de ser reconquistada de los moros, tuvo que cargar sobre sus espaldas el ímprobo trabajo de reconstrucción moral y aun material de la diócesis. La iglesia catedral, destruida hasta los cimientos, tuvo que ser levantada de nuevo. Con el celo de la gloria de Dios que le abrasaba emprendió decididamente este trabajo, y, sea dedicando a ello sus propias rentas, sea reuniendo con gran esfuerzo abundantes limosnas, llevó tan adelante la obra que pudo iniciar el culto en la nueva catedral, si bien no quedó ésta completamente acabada.
   A la par que en el templo material trabajó desde el principio con toda su alma en el espiritual de sus ovejas, procurando fomentar en ellas por todos los medios posibles la vida religiosa, eliminando toda clase de abusos, extendiendo en todas partes los principios fundamentales de la reforma cluniacense, que él representaba. De este modo se puede afirmar que, a los pocos años de su gobierno de la diócesis de Osma, ésta quedó material y espiritualmente renovada.
   En este trabajo de reforma y renovación espiritual se vio obligado algunas veces a desarrollar una energía extraordinaria en defensa de los derechos de la Iglesia y de los bienes que a ella pertenecían. Como en toda su actuación no tenía miras humanas, no había consideración ninguna que pudiera doblegarlo o apartarle del cumplimiento de su deber. Con su entereza y constancia logró que algunos hombres, pertenecientes a la más alta nobleza, restituyeran a la Iglesia los bienes que le habían robado.
   Estos y semejantes hechos, más o menos maravillosos, abundan en los relatos que se nos han conservado de su extraordinaria actividad como gran prelado, renovador y reformador de la iglesia de Osma. El año 1109, cuando terminaba una visita de una buena parte de su diócesis, dirigióse a Toledo, donde se hallaba Alfonso VI gravemente enfermo. Asistióle con la mayor devoción y agradecimiento juntamente con el arzobispo don Bernardo, y después de la muerte del gran rey acompañó a sus restos al monasterio de Sahagún, donde el monarca había dispuesto que fuesen enterrados. Una vez realizada esta piadosa ceremonia, mientras el santo obispo Pedro de Osma, rendido de fatiga, volvía a su iglesia de Osma, se sintió acometido de una enfermedad, y, llegado a Palencia, el 2 de agosto entregó allí su alma a Dios.
   Conforme a su deseo expresamente manifestado antes de morir, sus restos fueron conducidos a Osma y depositados en su catedral, Así se cumplía su voluntad de que su cuerpo reposara junto a su iglesia, a la que él consideraba como su esposa. Así vivió y así murió este santo monje y obispo, verdadero modelo, tanto para los religiosos como para todos los eclesiásticos, particularmente para los prelados.
BERNARDINO LLORCA, S. I


*Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966

02/VIII/+2019 SAN ESTEBAN I, Papa y Mártir

02 de agosto
SAN ESTEBAN I, Papa y Mártir




   Fue hijo de Julio, ciudadano romano. Nació hacia el fin del siglo II, y aunque se tienen pocas noticias de los primeros años de su niñez, hay razones para creer que su familia era cristiana. Se dedicó al estudio de las letras humanas y divinas, pero singularmente al de la ciencia de los Santos; y en poco tiempo se hizo un lugar distinguido entre los fieles de Roma. Siendo de poca edad fue recibido en el clero. Los Papas San Cornelio y San Lucio, sus predecesores, hicieron juicio de que no debían dejar escondida debajo del celemín aquella brillante antorcha. Ordenáronle de diácono, y después le hicieron arcediano de la Iglesia romana (dignidad que ponía a su cargo la custodia y la distribución del tesoro de la Iglesia) dándole al mismo tiempo jurisdicción de vicario.

   Novaciano, presbítero de la Iglesia romana, y Novato, presbítero de la Iglesia de Cartago, el primero antipapa, los dos cismáticos, y ambos herejes, tenían muchos partidarios de sus errores en oriente y en occidente hasta en el mismo gremio de los obispos. Aunque San Cipriano de Cartago y San Dionisio de Alejandría se habían opuesto con valor a sus impiedades, consiguiendo que fuesen condenados por varios Concilios, no por eso dejaba de inficionar a muchos el veneno de la herejía; y su partido, con el engañoso pretexto de reforma, hacia desterrar a muchos fieles de las banderas de Jesucristo, y adelantaba cada día nuevas conquistas.

   Defendían que no debían ser admitidos a la comunión los que hubiesen caído en el crimen de la idolatría; y sus sectarios, extendiendo esta errada doctrina a todo género de culpas, quitaban a la Iglesia el poder de atar y desatar. Condenaban las segundas nupcias, y obstinadamente sostenían que debían ser rebautizados todos aquellos que después del bautismo hubiesen cometido algún pecado mortal. Aprovechándose los gentiles de aquellas funestas divisiones, perseguían cruelmente a los cristianos, incitando a los emperadores y a los magistrados para que hiciesen sangrienta guerra a la Iglesia. Viendo los Papas Cornelio y Lucio tan combatida la navecilla de San Pedro, llamaron a San Esteban para que les ayudase a gobernar el timón en un tiempo en que jamás habían sido los escollos más frecuentes. Habiendo terminado San Lucio gloriosamente su carrera, coronando con el martirio su pontificado, por unánime consentimiento fue electo Sumo Pontífice San Esteban el año 254. Dice Anastasio que San Cornelio, seis meses antes de morir, le había entregado todos los bienes de la Iglesia, y que San Lucio al tiempo de su muerte le confió todo el rebaño, recomendándole toda la Iglesia afligida.

   Luego que se sentó en la cátedra de San Pedro, se dedicó enteramente a desempeñar todas sus obligaciones, se mostró azote de la herejía, defensor de los sagrados cánones y oráculo de la Iglesia.

      Fueron acusados de libeláticos Basílides, obispo de Astorga, España, y Marcial, obispo de Márida. Llamábanse libeláticos aquellos cobardes cristianos que, si bien no habían sacrificado a los ídolos, daban o recibían certificaciones falsas de haber sacrificado, para liberar por este medio su vida. A este delito de los dos prelados se añadían otros tan enormes, que los hacían indignos de la Mitra, viéndose precisados los obispos de España a deponerlos, y a nombrarles sucesores. Acudieron al Papa, Basílides y Marcial, haciendo cuanto pudieron para engañarle. Recibiólos, y los oyó con tanto amor y con tanta benignidad, que ya se daban por restituidos a sus sillas; pero luego que el Santo Pontífice recibió las cartas de San Cipriano y de los obispos de España en que le informaban de los delitos que habían cometido, no quiso verlos más, y mantuvo inflexible su tesón.

   Pero lo que da mayor idea del alto mérito de nuestro Santo es la célebre disputa que se suscitó entre los más santos obispos de la Iglesia sobre el valor o nulidad del bautismo conferido por los herejes. Parece que esa disputa tuvo principio en la Iglesia de Cartago, donde San Cipriano, fundándose en la práctica de su predecesor Agripino, enseñaba que era nulo todo bautismo fuera de la Iglesia Católica, y, por consiguiente, que se debían rebautizar todos los herejes que se reconciliaban con ella. Siguieron esta misma opinión los obispos de oriente, que se juntaron en Iconio, y la dominante así en el oriente como en el Africa. Pero San Esteban la condenó, y declaró que respecto de los que volvían al gremio de la Iglesia, de cualquiera secta que fuesen, nada se debía innovar, sino seguir precisamente la Tradición, que era imponerles las manos por la penitencia, sin rebautizarlos, una vez que hubiesen sido bautizados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíriitu Santo, y por otra parte no se hubiera omitido cosa alguna de las esenciales al Bautismo.

   Costó trabajo a San Cipriano mudar de parecer. Convocó muchos Concilios que confirmaron su opinión, y en virtud de esto escribió al Papa. Lo mismo hicieron los obispos de oriente; pero San Esteban, guiado del Espíritu Santo, que gobierna siempre la Iglesia, escribió a San Cipriano y a los obispos de Cilicia,  de Capadocia y Galacia, que se separaría de su comunión, si persistían en su opinión sobre el bautismo de los herejes. Con el tiempo se redujeron todos los obispos de oriente a la decisión del Pontífice, contribuyendo no poco a este feliz suceso San Dionisio, Obispo de Alejandría.  Mayor fue la resistencia de los obispos africanos; pero al fin toda la Iglesia abrazó lo definido por San Esteban. También tuvo el consuelo de saber por carta de San Dionisio Alejandrino que, en general, todo el oriente había abandonado el partido de los novacianos, uniéndose con Roma; y al mismo tiempo que le participaba esta gustosa noticia, se congratula con el Santo Papa de los socorros espirituales y temporales con que ayudaba a los fieles de Siria y Arabia; prueba evidente de lo mucho que se extendía su caridad y vigilancia pastoral.

   Publicó el Emperador un edicto por el  cual confiscaba los bienes de los cristianos, y los concedía al que los denunciase. Con esta ocasión convocó el Papa al clero y al pueblo; y habló con tanta energía y con tanta eficacia sobre la vanidad de los bienes de esta vida, que un presbítero llamado Bono, arrebatado de santo fervor, exclamó a nombre de todos, que no sólo estaban prontos a perder todos sus bienes, sino a padecer los más crueles tormentos, y a dar la vida por Jesucristo, declaración que fue recibida por aplauso universal.

   Encendido el fuego de la persecución, es indecible el ardor con que todos se disponían al martirio. El Santo Papa andaba de casa en casa, y pasaba los días en lugares subterráneos, ofeciendo el Santo Sacrificio, y dando a los fieles la Sagrada Comunión. En un sólo día bautizó 180 catecúmenos, administrándoles el sacramento de la confirmación, dicen las actas, ofreció por ellos el sacrificio incruento, sustentándolos con el Pan de los fuertes, y pocos días después casi todos merecieron recibir la corona del martirio.

   San Esteban arregló lo más que urgía en la actual constitución de los negocios para el gobierno de la Iglesia, encargándoselos a tres presbíteros, 7 diáconos y 16 clérigos, a quienes encomendó la custodia de los vasos sagrados y la distribución de las limosnas. Nemesio, tribuno militar, andaba buscando al Santo Papa, por haber oído que era un hombre extraordinario y que hacía grandes milagros. Tenía el tribuno, una hija única, ciega desde su nacimiento, le suplicó a Esteban le diese la vista a su hija. "Lo haré, respondió el Santo, pero con la condición de que has de creer en Jesucristo, en cuyo nombre y virtud he de obrar el milagro". Sin detenerse un punto lo prometió todo Nemesio, y asegurando con juramento que se haría cristiano, creyó en Jesús y pidió el Bautismo. Instruyóle el Papa, y bautizóle juntamente con su hija, la cual cobró la vista luego que recibió el Bautismo, y se le dio el nombre de Lucila.

   A vista de este milagro, se bautizaron maravillados 63 gentiles. Nemesio y Lucila fueron arrestados, como también Sempronio, su primer secretario, a quien le mandó que, pena de la vida, declarase el estado de todos los bienes de su amo. Respondió el fiel criado que el Tribuno nada tenía desde que todo lo había repartido entre los pobres. ¿Luego tú también eres cristiano como tu amo?, replicó Olimpo, que así se llamaba el juez. "Esa dicha tengo, y me ahorro mucho con ella", respondió Sempronio. Irritado Olimpo, hizo traer una estatua del dios Marte, y mandó a Sempronio en nombre de aquella mentida deidad, que declarase los tesoros de su amo. Mirando Sempronio con indignación al ídolo, exclamó: "Confúndate Nuestro Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, y hágate pedazos en este mismo instante". Al momento cayó el ídolo a sus pies reducido a polvo. Asombró a Olimpo el milagro, y abriendo los ojos del alma, creyó que todos sus dioses eran químeras, y que no había otro verdadero Dios que Jesucristo. Descubrióse a Exuperia, su mujer, que interiormente era cristiana; ésta le confirmó en su pensamiento, y le aconsejó que se convirtiese. Hízolo con toda su familia: acudiendo San Esteban informado de lo que pasaba, instruyólos, bautizólos, y los exhortó a la perseverancia.

   Repercutió mucho en Roma la conversión de una familia tan conocida; y enetrasdo el Emperador, lleno de ira, mandó que les quitasen la vida a todos en un mismo día, teniendo el Santo Papa el consuelo de darle a todos sepultura. La misma suerte lograron doce clérigos a cuyo frente estaba el presbítero Bono. Mandó prender el Emperador a San Esteban y quiso verle. Preguntóle luego si era él aquel sedicioso que turbaba al Estado, desviando al pueblo del culto debido a los dioses del Imperio. "Señor, respondió Esteban, yo no turbo el Estado; sólo exhorto al pueblo a que no rinda culto a los demonios, y a que adore al verdadero Dios, a quien únicamente se le debe". "Impío, exclamó el emperador, esa blasfemia que acabas de proferir la vengará tu muerte; y volviéndose a los soldados de su guardia añadió: Quiero que sea conducido al templo del dios Marte, y que allí sea degollado y ofrecido en sacrificio".

   Ejecutóse la orden, pero apenas llegó cuando el cielo rompió en truenos, relámpagos y rayos; cayó en tierra el templo del dios Marte, y huyeron todos los gentiles. Quedó sólo Esteban con los gentiles que le habían seguido: retiróse con ellos al lugar donde acostumbraban juntarse y ofreció el Divino Sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Jesús. No bien acabó de celebrarlo cuando entrando los soldados que le andaban buscando por todas partes, le degollaron sobre su misma silla pontifical cuando estaba exhortando a los cristianos al martirio. Sucedió el 2 de agosto del año 257, y su santo cuerpo con la silla en que fue sacrificado, bañada toda de su sangre, fue enterrado por los cristianos en el Cementerio de Calixto. Trasladóse su cabeza a Colonia, donde es singularmente venerada.

02/VIII/+2019 SANTA TEODOTA, Mártir

2 de agosto
SANTA TEODOTA, Mártir 
Quiero que mi corazón no esté, en adelante,
sino en el de Jesús y el de María, 
o que los
Corazones de Jesús y María estén en el mío,

para que ellos le comuniquen sus movimientos;
y que el mío no se agite ni se mueva, sino
conforme a la impresión que de ellos reciba.
(
San Claudio de la Colombiere).


   De acuerdo a la tradición, Teódota fue la madre de San Evodio, a quien dio muerte el gobernador Nicecio, apaleándole. Denunciada por el Prefecto Lucacio cuando rehusó su propuesta de matrimonio, fue martirizada en Nicaea (actualmente Turquía),  junto con  tres de sus hijos, siendo arrojados dentro de un horno ardiente. 

02/VIII/+2019 SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Obispo, Confesor y Doctor

2 de agosto
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Obispo, Confesor y Doctor
El celo por tu casa me devora. 
(Juan, 2, 17).
   
   San Alfonso María de Ligorio, nacido en Nápoles en 1696, dejó el foro por el sacerdocio. Obró un gran número de conversiones y fundó la Congregación del Redentor. Toda su vida estuvo consagrada a ganar almas para Jesucristo, a inspirar a los fieles una tierna devoción a la Pasión del Salvador, a la Santa Eucaristía y a la Virgen Madre de Dios. Empleó los momentos que le dejaba la predicación de la palabra de Dios en la composición de gran número de obras de teología y piedad, que lo hicieron elevar al rango de los Doctores de la Iglesia, por disposición de Pío IX. Murió en 1787.
  
MEDITACIÓN SOBRE LAS CUALIDADES
DEL VERDADERO CELO


I. Todos debemos estar animados de un ardiente celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Quien ama a Dios no puede ver con indiferencia que se ataque su honor. Si ve a su prójimo internado por mal camino, hace todo por volverlo al bien; y, si no lo logra, gime y reza por él. ¿Así haces tú? Si no tienes celo, deduce que careces de amor. El celo es la señal de que Dios ha descendido a un alma. (San Bernardo).


II. No basta que nuestro celo sea ardiente; es menester, para que dé fruto, que sea tierno y compasivo. Los pecadores, decía San Alfonso, son ovejas descarriadas que Jesucristo iba buscando por entre las zarzas del camino y que volvía a traer al redil llevándolas sobre sus hombros para ahorrarles las fatigas del retorno. Es el modelo que se propuso en toda su conducta; de ese modo, ¡a cuántas ovejas descarriadas recondujo al ovil del divino Pastor! Mira si en las advertencias que haces a tus hermanos y en todas las buenas obras que realizas, no entra tu amor propio en gran medida en vez del a amor de Dios y del prójimo. Que sea la caridad la que inflame tu celo.

   
III. En fin, nuestro celo debe ser constante. San Alfonso, al fundar su Congregación del Redentor, hizo voto de no perder nunca el tiempo. Quería que Dios no hallase en su vida ni una sola hora que no estuviese consagrada a su gloria y a la salvación de las almas. ¿Qué intereses persigues tú? ¿Son los tuyos o los de Jesucristo? ¿Cuánto tiempo dedicas a ellos? No te olvides de la suerte reservada para el servidor que enterró su talento. Fue acusado, no de haberlo perdido, sino de haberlo dejado improductivo. No te canses de ganar almas para Jesucristo, pues tú mismo fuiste ganado por Jesucristo. (San Agustín).


El celo
Orad por el éxito de las misiones

ORACIÓN

   Oh Dios, que habéis inflamado de celo apostólico al bienaventurado Alfonso María, vuestro confesor pontífice, y os servisteis de su ministerio para dar una nueva familia a la Iglesia, haced, os lo suplicamos, que instruidos por sus saludables consejos y fortificados con sus ejemplos, podamos llegar a Vos dichosamente. Por J. C. N. S. Amén.

SANTAS FE, ESPERANZA, CARIDAD Y SU MADRE SABIDURÍA, Mártires

1º de Agosto
SANTAS FE, ESPERANZA, CARIDAD Y SU MADRE SABIDURÍA, Mártires

   La viuda romana, santa Sabiduría y sus tres hijas sufrieron el martirio en tiempos del emperador Adriano. Santa Fe, que tenía doce años y, por fin, murió decapitada. Santa Esperanza, de diez años, y santa Caridad, que tenía nueve, salieron ilesas de un horno ardiente y fueron decapitadas. Probablemente todo esto se trate de un simple mito. La leyenda pasó del Oriente a Roma, donde empezó a hablarse de dos grupos. El primer grupo era una familia cuyos miembros padecieron el martirio en tiempos de Adriano y fueron sepultados en la Vía Aurelia, en el sitio que ocupó más tarde la iglesia de San Pancracio. Los nombres griegos de las mártires eran: Sofía, Pistis, Elpis y Ágape. El segundo grupo compuesto por Sabiduría, Fe, Esperanza y Caridad, sufrió el martirio en fecha desconocida; dichas mártires fueron sepultadas en el cementerio de Calixto, en la Vía Apia. El Martirologio Romano hace memoria de Fe, Esperanza y Caridad el 1º de Agosto, y de su madre (acerca de cuyo martirio nada dice), el 30 de noviembre. La basílica Santa Sofía, en Constantinopla, no tiene que ver con esta santa ni con ninguna otra del mismo nombre, ya que está dedicada a la "Santa Sabiduría", es decir, al Verbo de Dios,  



*Vidas de los Santos,de Butler. Vol. I.

01/VIII/+2019 SAN FÉLIX DE GERONA, Mártir

1º de agosto
SAN FÉLIX DE GERONA, Mártir


MARTIRIO DE SAN FÉLIX DE GERONA
Abraza al Dios Amor
y abraza al Dios del amor.

(San Agustín)

   San Félix de Gerona y su compañero San Cucufate, nacieron en el continente africano, en la región Scilitana, de familias acomodadas. En Cesarea marítima cursan sus estudios y tienen sus primeros contactos con los seguidores de Cristo, tantas veces declarados enemigos del Imperio y perseguidos con saña diabólica. Las enseñanzas evangélicas hallan terreno abonado en el corazón noble, puro y generoso de los dos jóvenes, que deciden recibir el bautismo. Su decisión y su entrega es tan definitiva que llegarán incluso a dar su vida en testimonio perenne de la divinidad de Jesucristo.
   Nos hallamos a finales del siglo III. La Roma pagana empieza a fenecer, para dejar lugar a la Roma de Cristo, que cual nueva ave fénix aparece con una vitalidad inesperada que intentarán ahogar inútilmente en su propia sangre los crueles emperadores romanos. En estos decenios la persecución azota sólo algunas provincias del vasto Imperio, y entre Tarragona. La orden de exterminio ha sido dada por los poderosos Diocleciano y Maximiano, que hace poco se han repartido los territorios imperiales, que no pueden ser gobernados con una sola mano.
   Félix y Cucufate, saben que sólo una cosa es necesaria: amar a Dios sobre todas las cosas y que para amarle hay que amar primero al prójimo. Quieren ser consecuentes, y deciden abandonar su país, donde aún no ha llegado la orden imperial de exterminio, para ayudar a los cristianos de Tarragona a soportar la difícil prueba en que se hallan. Llenos de santo amor y simulando el oficio de mercaderes, pasan el Mediterráneo y llegan respectivamente a Ampurias y Barcino. Félix se traslada a Gerona, que será el centro de sus actividades heroicas. Vienen -como dicen las actas de su martirio- simulando ser mercaderes, porque es el hábito más propicio en este momento y porque llevan entre manos el negocio mejor, que es la salvación eterna, y la mercancía más necesaria, la fe en Cristo.
   En Gerona, Félix promueve tanta admiración entre el pueblo por su integridad de vida y por su ferviente caridad, que convierte muchos paganos. Pronto su presencia y actividad inquietan a las autoridades, que le llevan ante el tribunal del Pretor. Del tribunal pasa a la cárcel y después de recibir sentencia condenatoria, es sometido a los más atroces tormentos, de los que es varias veces liberado por intercesión angélica. Primero es víctima de diferentes torturas, después es atado a unos caballos y arrastrado por las principales calles de la ciudad. Curado milagrosamente, pasa nuevamente por diferentes pueblos y, trasladado a la playa de San Feliu de Guíxols, le echan al mar llevando atada una rueda de molino al cuello. Nuevamente es salvado por intercesión de unos espíritus evangélicos que suavemente le conducen a la playa. Por último, termina heroicamente su vida cuando es sometido al terrible suplicio de desgarrarle la carne con garfios de hierro. Esto ocurriría cerca del año 304, poco después del martirio del apóstol de Barcelona San Cucufate en el Castillo Octaviano, hoy San Cugat del Vallés.
   Parece claro que San Félix era un simple seglar que se convirtió en misionero. Su fervor era tan grande, que no dudó en abandonar su tierra natal, su familia y sus riquezas, para testimoniar su fe en Cristo, para ayudar a nuestros antepasados en la fe a permanecer fieles ante la persecución, incluso hasta entregar su vida y ser con ello simiente de nuevos cristianos.
   Pronto la fama de su martirio se extiende por toda la cristiandad. Los Padres de la Iglesia Visigótica nos cuentan sus milagros y los hechos extraordinarios obrados junto a su tumba y el rey Recaredo va en peregrinación a Gerona para ofrecerle una corona votiva de oro.
   Gerona continúa guardando sus preciosos despojos y sobre su sepulcro ha construido un gran templo para recordar a la cristiandad la fe y el amor de su apóstol mártir.

01/VIII/+2019 LOS SANTOS MÁRTIRES MACABEOS, Antiguo Testamento

1º de agosto
LOS SANTOS MÁRTIRES MACABEOS, Antiguo Testamento


   Al fin. Ya todo se acabó. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.... los siete. Con el martirio de cada uno de ellos le iban arrancando a ella, la madre, un trozo de su ser. Por eso ya no le quedaba nada. Vivía, pero su vida se había ido agotando con la muerte de cada uno de sus hijos. Ni dolor posible había para ella. Era como un vaso lleno donde ya no cabe agua.
   Los había visto morir, uno a uno, casi cacho a cacho, en medio de una espantosa carnicería. La lengua, las manos, los pies... Y luego, así manando sangre, despojos humanos, a la caldera del aceite hirviendo. Pero, eso sí, valientes, erguidos, animosos. Proclamando su fe, cuando podían hablar, con palabras arrebatadas. Cuando ya no, con su mirada, con sus ojos brillantes de dolor o de esperanza, fijos en el cielo o en ella. Y luego, el mismo retorcimiento de sus miembros, el crepitar de sus carnes, el vaho espeso y atosigante de sus grasas, era como un incienso nuevo que traspasaba los techos del palacio y del mundo en un puro grito de amor.
   Y ella, allí. Cada tormento de sus hijos era un golpe de dolor y de asfixia que se le iba represando en la garganta. Venía el dolor a oleadas, amenazando romper el dique de su corazón. Pero no. El quiebro de su fortaleza se notaba apenas en aquel sordo sollozo interior, en aquella leve crispación súbita de sus miembros, en aquella acentuada presión de sus manos al estrechar contra su pecho el apiñado racimo humano que iba reduciéndose, reduciéndose...
   Hasta que no pudo abrazar más que el vacío. Había entregado su último hijo, el pequeño, el que estaba más cerca aún de su carne. Y fue entonces cuando hubo de hablar, a instancias del verdugo. Las primeras palabras habían sido dulces, quejumbrosas, como un llamamiento al consuelo, a la vida, a la alegría. Se hubiera esperado de ellas una súplica al niño para que volviese atrás, negase su fe, pero quedase en la vida como gozo único de su madre, según prometía el tirano. Mas luego se habían convertido, por esa misma carga de dulzura y de queja, en el agudo llamear de una espada que invitaba a la victoria de una muerte en martirio:
   "Hijo, ten compasión de mí, que por nueve meses te llevé en mi seno, que por tres años te amamanté, que te crié, te eduqué y te alimenté hasta ahora. Ruégote, hijo, que mires al cielo y a la tierra, y veas cuanto hay en ellos, y entiendas que de la nada lo hizo todo Dios, y todo el humano linaje ha venido de igual modo. No temas a este verdugo, antes muéstrate digno de tus hermanos y recibe la muerte para que en el día de la misericordia me seas devuelto con ellos."
   ¿Hacía falta echar leña al fuego? Porque aquel adolescente, carne de su carne, era ya una llama viva, pura hoguera de encendidas palpitaciones. Voluntad indomable y arrogante, pero también aguda lucidez. Sabía adónde iba, y sabía también el porqué y el para qué:
   "Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes patrias, pidiendo a Dios que pronto se muestre propicio a su pueblo, y que tú, a fuerza de torturas y azotes, confieses que sólo Él es Dios. En mí y en mis hermanos se aplacará la cólera del Omnipotente, que con encendida justicia vino a caer sobre toda nuestra raza."
   Las palabras, aceradas palabras, llenas de tremenda clarividencia de responsabilidad, pero también de inmensa fe, de inmenso amor, de total sentido de sacrificio, no se las había dirigido a ella, sino al tirano.
   Estas palabras habían sido la expresión más absoluta del puro holocausto, y a ella la habían confortado en todos aquellos momentos últimos, tan terribles, cuando no veía más que desolación, miembros sanguinolentos, máscaras chamuscadas y retorcidas de los cuerpos de sus hijos, y vacío, sobre todo vacío.
   Al fin todo se había acabado. Quedaba ella. Pero ¿qué era ella? El último resplandor, la vacilante llamita final de un incendio ya pasado. Recibió la muerte como si recibiera el soplo de una brisa. No tenía más que hacer: apagarse.
   Debió de posarse entonces en el recinto, por un instante, la pesada ala del silencio. Y en medio de él debió de sentirse como el eco de un jubiloso cántico de gloria, que estremecía los cuerpos del tirano y los verdugos, calándoles hasta los huesos del alma con un escalofrío de pavor y con la más absoluta sensación de inutilidad.
   Pero no había que extrañarse demasiado. Toda la monolítica grandeza de aquellos mártires no era más que la espiga en granazón de una simiente. La que había plantado con su propio martirio el viejo doctor Eleazar, a quien la leyenda, por ese juego de influjos ocultos, asocia a los siete jóvenes en calidad de maestro.
   También a él querían forzarle a que renegase de las leyes religiosas de su pueblo, comiendo, como símbolo de la traición total, carnes prohibidas. Voces insidiosamente amigas le incitaron a que simulase comerlas para librarse de la muerte. Pero él se había negado a esta infamia, por fe, por respeto a Dios, por dignidad, y para sembrar ejemplo, no fuera que pudiesen luego "decir los jóvenes que Eleazar, a sus noventa años, se había paganizado con los extranjeros":
   "Por lo cual animosamente entregaré la vida y me mostraré digno de mi ancianidad, dejando a los jóvenes un ejemplo noble para morir valiente y generosamente por nuestras venerables y santas leyes".
   Y así, animosamente, al hilo de sus palabras, enfebrecido de entusiasmo juvenil, entregó su noble carne anciana al desgarramiento de los azotes, que "el alma sufre gozosa por el temor de Dios". Y no había sido inútil su tesonero ejemplo, pues prendió como devastadora llama precisamente en el pecho de los jóvenes, según su último deseo. Ahí estaban, para testimonio, esas siete antorchas, los siete hermanos unidos en el abrazo octavo de la madre, consumiéndose en el mismo fuego de fe, amor y holocausto.
   Estos son los mártires Macabeos. Unidos en la veneración, como lo estuvieron, por esa misteriosa ligazón del ejemplo, en el martirio.
   ¿Mártires de Cristo antes de Cristo? Hay que buscar el nudo a la paradoja en esa corriente subterránea de vida y de fe que, nacida de las promesas divinas en la misma fuente de los tiempos, empapa todas las raíces de la historia, hasta desembocar, como chorro de luz abundosa, en la venida humana de Dios. Los Macabeos mueren por no traicionar sus leyes patrias. Y estas leyes suyas están ancladas en Dios y en las promesas de Dios a su pueblo. Sus raíces se hunden en la savia de esa corriente que, en definitiva, desemboca en Cristo y no tiene sentido sin Cristo, el Mesías esperado.
   San Gregorio Nacianceno, en su homilía sobre los Macabeos, apoya también esta afirmación:
   "Una razón inexplicable e íntima, en la que abundan conmigo los que aman a Dios, me hace creer que ninguno de los que padecieron el martirio antes de la venida del Redentor pudo obtener esa gloria sin la fe en Jesucristo".
   Mártires, por tanto, de Cristo. Mártires en esperanza. Han brotado en el huerto que, regado por esa dulcísima agua invisible de la fe en las promesas mesiánicas, "ya muestra en esperanza el fruto cierto".
   ¡Y con qué fuerza irrumpen en las celebraciones cristianas, ya desde los albores! Es tal la evidencia y celebridad de su culto que apenas se encuentran mayores en otros santos.
   En un calendario del siglo IV, en el que, al lado de las fiestas del Señor, se citan solamente los nombres de los Santos Pedro, Pablo, Vicente, Lorenzo, Hipólito y Esteban, se conmemora la fiesta de los Macabeos, ya con la fecha del 1 de agosto, que ha conservado siempre, aun con precedencia sobre San Pedro ad Vincula hasta el siglo IX.
   El esplendor de su culto alcanza a la Iglesia griega lo mismo que a la latina. Y sus reliquias se veneran en Antioquía primero, luego en Constantinopla, desde el siglo VI en Roma, en San Pedro ad Vincula...
   Los grandes Padres de la Iglesia predican en su honor las más bellas homilías: San Gregorio, San Agustín, San Cipriano... El Crisóstomo, en una de las tres que les dedicó en Antioquía, exclama:
   ¡Qué espléndida y gozosa se nos ofrece hoy la ciudad! ¡Qué maravilloso este día, sobre todos los del año! No porque el sol derrame sobre la tierra fulgores más brillantes que nunca, sino por el resplandor de los Santos Mártires, que alumbran la ciudad más que el relámpago... Por su causa la tierra se muestra hoy más hermosa que el mismo cielo".
   ¿Qué es lo que ha visto la Iglesia en estos mártires para saltar así de gozo? ¿Para celebrarlos, únicos entre los del Antiguo Testamento, con esta gloria y devoción?
   Sin duda adivina en ellos el ejemplo más acusado de esa mística radicación en Cristo de toda la fe, toda la gracia, todo el amor heroico de todos los tiempos. El borbotón de gracia y fuerza que brota en el Calvario, no sólo impregna de frescura y enciende en fuego de sangre a todo lo que viene después de él, sino también a lo anterior, porque su vitalidad es eterna.
   Por otra parte, el martirio de los Macabeos es una lección magistral para todos los cristianos perseguidos, una incitación a la heroicidad en los tiempos difíciles, como lo destaca San Gregorio:
   "Si sufrieron el martirio antes de la pasión de Jesucristo, ¿qué hubieran hecho si hubiesen sido perseguidos después de Él, mirando el ejemplo de su muerte redentora?".
   Y también -¿por qué no?- la Iglesia tiene que sentirse conmovida en lo más íntimo de sus entrañas por el testimonio soberano de estos mártires: ese noble anciano que marcha abierta y directamente a la muerte con ánimo juvenil, desechando subterfugios e hipocresías; esos siete hermanos, en plenitud de vida, que antes de morir lanzan al tirano su reto con aire de victoria: esa madre que, a golpes de corazón y de angustia, va entregando uno a uno sus hijos, en un segundo alumbramiento más doloroso, porque los envía a la vida, pero a través del negro puente de la muerte.
   Finalmente, en las palabras de los Macabeos se encuentra uno de los testimonios más claros acerca de la fe en la resurrección de la carne antes del cristianismo.
   Todo ello parece constituir una magnífica obertura en sangre a la grandiosa sinfonía de martirio que nace en el Calvario. Y nos enseña, desde su humilde fondo precristiano, la única manera de defender los inalienables derechos de Dios sobre el hombre, ante todas las tiranías y ante todas las defecciones de los buenos: con el holocausto propio.
   "En mí y en mis hermanos se aplacará la cólera del Omnipotente, que con encendida justicia vino a caer sobre toda nuestra raza."
   Son, en definitiva, estas palabras del hermano pequeño las que nos dan la dimensión profunda y verdadera de este admirable martirio de los Macabeos.

SERVANDO MONTAÑA PELÁEZ



 *Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.

01/VIII/+2019 SAN PEDRO AD VINCULA (En cadenas)

1° de agosto
SAN PEDRO AD VINCULA

(En cadenas)
No temáis a los que matan el cuerpo, y esto hecho ya no pueden hacer más.
(Lucas 12, 4)
   
   Fue encarcelado San Pedro por orden de Herodes, y los fieles oraban incesantemente a Dios para que librara al Jefe de la santa Iglesia. Sus súplicas fueron escuchadas. Mientras San Pedro, cargado de cadenas, dormía entre dos soldados, el ángel del Señor entró en la prisión y lo despertó, diciéndole: "Levántate presto". En el mismo instante, cayeron las cadenas de sus manos. El ángel condujo a San Pedro hasta la puerta que da a la ciudad, que se abrió ante ellos; avanzaron juntos hasta el final de una calle y el ángel desapareció, dejando al Apóstol lleno de admiración y agradecimiento ante favor tan grande. Fue en seguida San Pedro a llevar a los fieles la nueva de su liberación.   

  MEDITACIÓN SOBRE LAS CADENAS DE LOS PECADORES

I. Nuestro cuerpo es una prisión que mantiene cautiva a nuestra alma, y le impide emprender vuelo hacia el cielo. Los santos han conocido y deplorado esta cautividad: ¡tú la conoces y la amas! Los placeres, los honores, las riquezas son las cadenas que te sujetan al mundo y te retienen lejos de Dios. Señor, romped mis cadenas; son agradables en apariencia, pero crueles en realidad. Los bienes de este mundo tienen verdadera amargura, falsa dulzura; dolor cierto, placer incierto. (San Agustín).

II. El pecador duerme tranquilo en sus cadenas, como San Pedro; no conoce su cautiverio, no piensa en él. ama sus cadenas, porque son de oro y seda. Si consideras el estado de tu alma, verás que está encadenada por todos lados; con todo, duermes, descansas a tus anchas, nada haces por el cielo. Despierta, de una vez por todas, y te asombrarás como San Agustín del lastimoso estado a que te han reducido tus crímenes. Estaba encadenado y no aborrecía mis cadenas; tenía por dulce lo que es amargo y por amargo lo que es dulce.


III.  El Ángel despertó  a San Pedro y rompió sus cadenas: San Pedro siguió al Ángel y le obedeció. Para obrar tu conversión dos cosas son necesarias: el auxilio del cielo, a fin de despertarte del sueño en el que estás sumido y romper tus cadenas que te atan al pecado: y una obediencia pronta, para responder al llamado del Señor. Nada puedes hacer sin la gracia, y nada hace la gracia sin tu cooperación.



La huida del pecado
Orad por los cautivos.

ORACIÓN
Oh Dios, que después de haber roto las cadenas del Apóstol San Pedro, le habéis hecho salir de la prisión sano y salvo, romped, os lo suplicamos, las cadenas de nuestros pecados y alejad  de nosotros por vuestra misericordia todos los males que nos amenazan. Por J. C. N. S. Amén.

INTRODUCCIÓN

Acerca de la Santa Misa